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Espacio de AmandoMIS NOVELAS
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December 11 LA SENDA
LA SENDA
Porque la felicidad…., También duele
Autor Amando Lacueva Poveda Obra Registrada «Generalitat de Catalunya» Año de creación 2007
El hombre andaba encorvado, se apoyaba en un grueso garrote. Se detuvo extenuado por la larga caminata, dejó su pesada mochila en el borde del camino y tomó asiento sobre una enorme roca. El sendero estaba desierto y ya anochecía, pero sólo para él. Se sacó el sombrero de la cabeza, y con un mugriento pañuelo se secó las gotas de sudor que perlaban su frente. Era un anciano, tenía el cabello plateado y mil arrugas surcaban su agrietada piel. Miró al cielo mientras una lágrima resbalaba por sus mejillas. Se apresuró a secársela, no permitiría que nadie, si pasaba por allí, le viera llorando. Pero el camino continuaba desierto, su camino. Abrió la enorme mochila y extrajo varios objetos con sus temblorosas y nervudas manos repletas de mil y un cayos, simplemente los contempló en silencio durante un largo instante tragando saliva con dificultad. Los acarició con inusitada ternura regocijándose en su contemplación «aquel momento era sólo suyo», y finalmente, antes de volver a introducirlos en la abultada escarcela, les dio un beso suave, largo y profundo cargado de infinita bondad y entrañable cariño a todos y cada uno de ellos. No pudo evitar que nuevas lágrimas rebeldes, resbalaran por su quebrada cara. En esta ocasión con los ojos vidriosos y una enorme tenaza en la garganta, dejó que siguieran los múltiples surcos de su rostro, y resbalaran desde su cara hacia su barbilla…, hasta mojar la tierra, encharcada por el sudor y las lágrimas derramadas a lo largo de su periplo. Un hombre joven, caminaba erguido, paralelo al camino del anciano. Llevaba un pequeño zurrón, cuando llegó a la altura del longevo hombre ladeó la cabeza y le saludó cortésmente, sonriente, con un leve movimiento de cabeza, mientras se llevaba su mano derecha al ala de su sombrero. El anciano alzó la mano temblorosa y le devolvió el saludo, también sonriente. En su lado del camino era de día y lucía el sol. El hombre caminaba dando grandes zancadas, como si tuviera prisa en llegar a algún lugar, pero todos los caminos, iban al mismo sitio. El anciano de cabellos plateados, no entendía la prisa de aquel joven, bueno…, si que la entendía. No habían transcurrido cinco minutos, cuando pasaron cerca de su camino unos adolescentes. «¡Cielos!, exclamó para sus adentros, recordando viejos tiempos». Iban corriendo como galgos. Pronto alcanzarían al joven que acababa de pasar, claro, ellos apenas llevaban peso alguno, tan sólo una bolsita del tamaño de una caja de cerillas, unida a sus cuellos por fuertes cordones de cuero, nada que les estorbase. Pasaron como una exhalación gritando y chillando alborotados, apenas se fijaron en él, y si lo hicieron ni siquiera le saludaron. El anciano se encogió de hombros sonriendo pero cargado de nostalgia, puso las manos en su boca a modo de bocina y les gritó con energía. —Por mucho que corráis, yo llegaré antes —El hombre bajó la cabeza, no entendía por qué les había gritado aquella tontería. Uno de los adolescentes se detuvo un instante, se volvió hacia el anciano y le dijo con cara de burla: —¡Viejo!, eso es porque tu camino, es más corto que el nuestro —El adolescente lo miró de hito en hito, para añadir—: Pero si prácticamente ya has llegado a tu meta, estás en las últimas, viejo. —Así es —asintió con voz cansada—. Yo, ya casi he llegado —El hombre desvió la mirada hacia su horizonte y sonrió con amargura, provocando que las arrugas de su frente se pronunciaran más allá de simples surcos—. Sin embargo vosotros, tenéis un largo trecho que recorrer. —Por eso corremos viejo. —replicó el joven con insolencia—Además, con esa mochila a cuestas —señalaba con el mentón la escarcela del hombre—, no me extraña que estés ahí sentado, descansando. ¿No podrías deshacerte de parte de lo que llevas? —Le interpeló el imberbe adolescente— Lo poco que te queda por recorrer, se te haría más liviano. El anciano frunció el ceño, era incomprensible que un mozalbete se preocupara por él, y menos aún que se atreviera a darle consejos. —No muchacho —negó el anciano reiteradamente con lentos movimientos de su cabeza—. Eso no es posible —El muchacho le miró con extrañeza, no podía entender que un hombre tan anciano llevara aquella pesada mochila, y no quisiera deshacerse de su contenido para aliviarle el duro camino que todavía le quedaba por recorrer, por muy corto que este fuera—. Veo que no lo entiendes hijo, no importa, todos aprendemos. —He de continuar —replicó mirando de reojo al resto de sus compañeros, que ya le llevaban una buena ventaja. —Lo se, que tengas buen viaje, y cuidado con tu camino —advertía al adolescente—, es muy traicionero. En ocasiones se presentan obstáculos difíciles de ver —el muchacho miró al cielo y cerró los ojos heridos por los rayos del astro rey. El sol brillaba con fuerza, estaba en todo lo alto y su luz inundaba su camino. Oteó el horizonte y apareció llano y tranquilo, sin curvas, sin pendientes, sin piedras que entorpecieran su paso, sin paredes ni abismos peligrosos. Estaba limpio de cualquier obstáculo, como si navegara por una balsa de aceite, miró hacia el otro lado, hacia el camino del anciano, se había hecho de noche. —Bueno abuelo —trató con más dulzura—, he de irme. El muchacho giro grupas y empezó a correr es pos de sus amigos, gritándoles para que le esperaran. El hombre apoyó las manos en sus rodillas y tomó impulso, a la segunda intentona, logró levantarse de la piedra que tan bien le había servido para su descanso. Agarró la mochila y con un enorme esfuerzo logró ponérsela a la espalda. En su soledad, lanzó una exclamación de dolor, tenía la espalda y los riñones destrozados, pero aguantó con estoicismo la pesada carga, era suya, su carga, el garrote que sostenía en su mano derecha, le ayudaba a andar. Sus pasos eran cortos y torpes, provocados por la edad y por el enorme peso que soportaba en sus espinazos, pero a la vez, enérgicos y decididos, decididos por llegar al final de su andadura…, ya quedaba poco, prácticamente casi nada. El cielo estaba estrellado. Mientras caminaba desviaba la mirada hacia las miles de estrellas que iluminaban su senda. En uno de los caminos paralelos vio a un muchacho de corta edad, como era normal iba corriendo, lanzando gritos de alegría con su cajita de cerillas colgada del cuello. De improviso el muchacho se paró de golpe y miró hacia el cielo. El sol de su senda acababa de desaparecer detrás de unos enormes nubarrones. Los rayos y los truenos hicieron acto de presencia, mientras un enorme chaparrón inundó la vía en cuestión de segundos, convirtiéndolo en un fuerte torrente. El día del muchacho, que hasta hacía apenas un segundo era magnífico e iluminado, se transformó en noche cerrada en un abrir y cerrar de ojos. El muchacho, sin saber que ocurría, buscaba con la mirada a alguien que pudiera socorrerle, que le explicara qué estaba sucediendo, hasta que se encontró con los ojos del anciano. El muchacho se tendió en el suelo, llorando desconsolado. El abuelo se le acercó y se sentó a su lado, en el borde de su senda. —Hola —saludaba con una enorme sonrisa, apoyando las manos en sus rodillas. —¿Qué, qué esta sucediendo? —preguntó gimoteando el chaval. —¿Es que no lo sabes? —«estúpida pregunta, claro que no lo sabe. Cada día eres más viejo, si un viejo senil» pensaba manteniendo la sonrisa al muchacho. —No —negó el jovenzuelo. —Tu camino, hijo, tu camino se ha acabado. —¿Tan pronto? Precisamente ahora, que empezaba a divertirme. —Eso, suele suceder, hijo. —Pero es que yo, yo quería seguir jugando —El hombre cerró los ojos. Resultaba injusto, si, pero él no podía hacer nada. —Nadie elige su camino, hijo. Hay caminos largos y rectos, otros cortos y angostos, el tuyo ha sido realmente corto —se lamentaba el anciano de la suerte del chico. —¿Y ahora? —volvió a preguntar al anciano, a la vez que se limpiaba los mocos con el extremo de su camiseta. —Te toca esperar, creo. Pronto vendrá tu familia para despedirte. Yo me quedaré a tu lado hasta que ellos vengan —el niño negó con movimientos bruscos de su cabeza. —No vendrá nadie. —¿No? —se sorprendió el anciano. —Mi padre, hace años que tomó un camino, muy distinto del mío. Se separó y nunca se han vuelto a cruzar. —Ya… ¿Y tu madre, pequeño? —Le inquirió con infinita ternura. —¿Mi madre? —El niño suspiró y guardó un largo silencio antes de responder—. Mi pobre madre se apeó del suyo después de que mi padre se alejara del nuestro…, una agotadora enfermedad. —Entiendo, entiendo. Bueno muchacho, pero seguro que alguien vendrá a por ti. —Señor —dijo el crío, señalando con su índice una nueva herida en la frente del anciano. El anciano se llevó instintivamente la mano a la frente y enseguida notó sus dedos húmedos, manchados por la sangre que salía de su nueva herida. —¿Esto? —preguntó con una sonrisa cargada de dolor. El muchacho asintió—. No te preocupes, esto, esto es por ti. —Sangra mucho, señor y lamento, lamento mucho haberle herido. —No debes preocuparte hijo. Tú eres la causa, si, pero no el culpable, además…, pronto cicatrizará —resto importancia. —¿Es cierto eso, señor? ¿Pronto cicatrizará? —El hombre respiró hondo. ¿Qué podía decirle a aquel muchacho. «La verdad, dile la verdad viejo estúpido, aunque no la entienda». —Bien, no siempre es así, desde luego que no —decía intentando acomodarse—. Muchas, sangran toda la vida, casi eternamente —volvió a sonreír con aquél gesto de infinito dolor—, no hay manera de cerrarlas. Pero se puede vivir con ellas, yo lo he hecho, y antes que yo, tantos y tantos otros… Alzó la vista y el muchacho le acompañó con la mirada. Una luz blanca se posaba sobre el muchacho, incitándole a entrar en ella. —Vienen a por ti —le dijo el anciano. —Si —asintió convencido—. Lo sé. Tenga —el muchacho se sacó la cajita de su cuello y se la dio al anciano. El viejo no dijo nada, cerró los ojos agradecido por el detalle, abrió la mochila e introdujo la cajita en su interior. Ahora su mochila pesaría mucho, mucho más ¿y qué mas daba? Él era así, su vida era así, le tocaba soportar, era fácil. Después de tantas desgracias, uno logra acostumbrarse «¿Por qué te mientes» El camino, la luz y el muchacho, desaparecieron, como si nunca hubieran existido, únicamente quedaba el recuerdo de sus recuerdos, guardados con sumo celo por el anciano en su mochila, que cargaba a sus espaldas. Miró su reloj y pensó «ya queda poco» Reanudó su cansina marcha, prácticamente a oscuras. Hacia un buen rato, casi una eternidad que caminaba solo sin ver una triste alma. Así era como realmente se sentía, solo. La noche era oscura. Unos nubarrones tapaban las estrellas, que hasta hacia un instante brillaban con fuerza allá en lo alto de la cúpula celeste. Desgraciadamente, no vio la piedra que tenía delante, tropezó con ella y dio un traspiés y el anciano cayó de bruces sobre la tierra mojada. «Maldita piedra», murmuró entre dientes. Eran sus últimos pasos, pero nadie pasaba para ayudarle. Intentó levantarse, pero el enorme peso de la mochila se lo impidió. Miro hacia arriba, con los ojos cubiertos por las lágrimas, el final de su camino estaba allí, delante suyo. Sólo unos metros más y habría llegado. «Vamos, vamos viejo —se infundía ánimos—, un último esfuerzo». Igual que cuando empezó a caminar, utilizó las manos para reptar por la oscura y angosta senda, convertida ahora en un enorme lodazal. El anciano se arrastraba lentamente por el lodo del camino, primero estiraba la mano derecha y se impulsaba con el pie, luego la izquierda y así sucesivamente. A cada movimiento, su cara se transfiguraba y su garganta emitía un lamento angustioso. Pero por fin, pudo llegar a su meta. Todo estaba oscuro. Cerró los ojos, por fin podría descansar, había llegado. Alguien le zarandeó, abrió los ojos y vio a su hijo, envuelto en una luz blanca. Si su hijo, aquel que cayó por el abismo de su camino con apenas diez años —un coche se cruzó y el chaval no pudo esquivarlo a tiempo—. A su mujer, que abandonó su senda debido a un cáncer. A su hermano, que cansado de continuar su ruta con su mochila a la espalda, se refugió tras un infarto. A su amigo, aquel de la larga melena, un borracho le agujereo el corazón con un cuchillo. A sus padres, los pobres aguantaron mucho, pero su mochila pesaba demasiado y abandonaron el camino. A sus muchos amigos, a tantos y tantos seres queridos, que de una manera u otra, le abandonaron para su desgracia, muchos de ellos antes de tiempo, de ahí sus cicatrices, de ahí sus muchas heridas sangrantes, de ahí su voluminosa mochila. Contempló su escarcela, aquella enorme carga, repleta de recuerdos. El anciano, permaneció sentado. Tomó su mochila y la abrió…, por última vez. Comenzó a extraer objetos de ella, a medida que sacaba un objeto, éste desaparecía milagrosamente de entre sus manos y en su lugar, un ser querido, aparecía sonriente, feliz, envuelto en aquella asombrosa luz, resultaba maravilloso, mágico. El anciano cerró los ojos, ya no estaba cansado, se sentía fuerte. Atrás quedaba su pesada mochila, así que por fin…, pudo llorar, abiertamente, sin tapujos, sin tener que contener su agonía, con aquel llanto, primero mudo, después…, desgarrado, lleno de perdurable, infinita felicidad por el reencuentro con los suyos. Si, el anciano lloró sin parar, como nunca antes lo había hecho, porque la felicidad…, también duele.
April 05 RED FINALINTRODUCCION
“DULCE BASE” NEVADA NUEVO MEXICO ESTADOS UNIDOS PRIMERO DE MAYO DE 1975
Jeremy Mac Rae, era Coronel de la Fuerza Delta destinada a custodiar los “invitados” encargados de realizar el intercambio en el primer nivel de la instalación subterránea de la Base Dulce. A su mando llevaba una cuarentena de sus mejores boinas negras armados hasta los dientes quienes se habían dispersado por todo el hangar y ocupado puestos estratégicos en prevención de posibles riesgos. No era la primera vez que sus superiores le habían encomendado la custodiaba de invitados durante sus estancias en la Base, con el objeto de intercambiar tecnología con los ocupantes de aquella instalación subterránea altamente secreta, con esta eran tres las misiones realizadas, y pese a que en las dos anteriores ocasiones todo había acabado sin contratiempos, aquellos tipejos enanos le producían un inquietante escalofrío, no se fiaba de su aspecto aparentemente bondadoso y sus gestos extremadamente amables, su sexto sentido de guerrero le mantenía alerta y en constante tensión durante todo el tiempo que duraba la transacción de tecnología al igual que a sus hombres. Mientras esperaban ser recibidos por sus anfitriones en el espacioso hangar, destinado al mantenimiento de vehículos, observaba con detalle la enormidad del complejo que no acaba de asombrarle constantemente. Se encontraban a unos trescientos metros bajo tierra, y eso era algo que como militar responsable de la vida de sus hombres y de los “invitados” le preocupaba enormemente. Desconocía las instalaciones puesto que nadie la había facilitado nunca ningún plano de las mismas, asi que en el supuesto caso de conflicto, sólo existía una única salida conocida y que permanecía bajo el control de los habitantes de la base, el mismo elevador magnético que les había llevado hasta el tinglado. Jeremi Mac Rae no le quitaba ojo de encima, se encontraba a una distancia de unos cincuenta metros del elevador. Apostó a un comando protegiendo el ascensor y al resto en semicírculo cubriendo los “invitados”, eran cinco científicos destacados que trabajaban secretamente para el MJ-12., ¿su cometido?, ni idea, ni siquiera él tenía acceso a dicha información. Siempre se había preguntado ¿qué hacía su gobierno tratando con aquellos tipejos? Si de él dependiera los freiría a todos en un abrir y cerrar de ojos. Al frente de los “invitados” se encontraba el físico y miembro de contrainteligencia Hans Henderson, un hombre alto como una torre y con el pelo extremadamente rubio, según se rumoreaba, Hans Henderson había trabajado codo con codo con los anfitriones de la base y los conocía perfectamente, parecía ser que había entablado amistad con un alto mando de aquella gente, por eso siempre encabezaba las comitivas, pertenecía al comité de sabios y por supuesto estaba integrado en el grupo de los MJ-12, todo hacia pensar que era uno de sus miembros, aunque él siempre negaba esa evidencia. Mac Rae desconocía en qué consistía en esta ocasión el intercambio, aunque a sus oídos habían llegado palabras sesgadas de los invitados sobre algo referente a tecnología “antigravedad” y sobre un potente combustible conocido como elemento 115. A Jeremy le traían sin cuidado tanto la tecnología antigravedad como el combustible, lo que deseaba era acabar cuanto antes con la misión y subir a la superficie. Miraba los rostros de sus hombres, algunos ya le habían acompañado anteriormente, quizás lo que mostraban mayor inquietud, otros por el contrario era la primera vez que le acompañaban pero confiaba plenamente en todos ellos, les sabía preparados para cualquier altercado, todos eran veteranos en diferentes misiones e incursiones militares altamente peligrosas y secretas. Se sentía orgulloso de ellos, estaba convencido que con sus hombres podría ser capaz de derrotar cualquier ejercito por numeroso y armado que estuviera, probablemente eran los mejores soldados del mundo, y todos estaban bajo su mando en aquellos momentos. Un chasquido rompió el silencio en la enorme sala, todos sus comandos se volvieron al unísono en dirección norte con sus armas a punto, dispuestas para ser disparadas a la menor contrariedad. Una enorme puerta en la que no habían reparado anteriormente, quizás porque hasta ese instante no existía, se abría lentamente y una docena de anfitriones se aproximaban hasta dónde Hans Henderson les aguardaba junto con los cuatro restantes miembros de la comitiva de “invitados”. Detrás de aquellos tipejos grises y bajitos, sobre una especie de plataforma flotante, traían un artilugio con forma de anillos superpuestos de color azul. Jeremy calculó que aquellos anillos podrían pesar toneladas, por su tamaño y aparente consistencia, sin embargo era transportada sin aparente esfuerzo por tan sólo uno de aquellos seres. La plataforma flotaba en el aire y tenía unas dimensiones de unos dos metros de largo por dos de ancho. Los anillos igualmente levitaban encima de la plataforma. Hans se adelantó e inclinándose suavemente hacia delante, saludó a uno de los anfitriones, era evidente que se conocían puesto que aquél ser pareció sonreírle y sin embargo, la fama que les precedía no era precisamente por ser amables. Jeremy se encontraba a unos diez metros, observaba como Hans hacía las presentaciones en un tono casi imperceptible desde su posición, le pareció que más que hablar susurraba. Todo aquel encuentro se enmarcaba dentro del más alto secreto, ni siquiera él y mucho menos ninguno de sus hombres conocían ningún aspecto relacionado con naturaleza del encuentro, únicamente tenían la orden directa del CSN de proteger el séquito de científicos presidido por Hans Henderson. Este, después de realizar las presentaciones se volvió y se le aproximó dejando a los “invitados” frente a sus anfitriones bajo la atenta mirada de los comandos delta. · ¡Coronel Mac Rae! -se le dirigió Hans Henderson con una sonrisa forzada encaminándose hacia él, resultaba evidente por los comentarios captados por Jeremy, que Henderson desaprobaba las órdenes del CSN en lo referente a la escolta puesta a su disposición capitaneada por Mac Rae- Nuestros anfitriones –explicaba- deben realizar una demostración de su alta tecnología para que los científicos que nos acompañan procedan a su verificación. Nos han solicitado que debido al alto riesgo que encierra la misma por las fuertes emisiones electromagnéticas de su ingenio, y para evitar ningún contratiempo, ruegan le solicitemos que procedan a sustraer los cargadores de sus armas, no debemos olvidar que permanecemos en éstas instalaciones en calidad de “invitados” , ellos no parecen armados. · Disculpe Doctor Henderson, pero no he entendido su petición. –respondía el coronel perplejo mirando de arriba a abajo al corpulento físico- · Se lo volveré a repetir, Coronel Mac Rae –decía en ésta ocasión elevando deliberadamente el tono de su voz para poder ser escuchado por sus anfitriones, con el semblante totalmente serio, mientras le tomaba por el codo descortésmente a la vez que le apartaba unos metros de sus oficiales- Nuestros anfitriones muy amablemente nos han solicitado que usted y sus comandos vacíen los cargadores de sus armas y los depositen en ese contenedor –señalaba con el mentón un recipiente anaranjado- lejos de la plataforma que contiene los anillos conductores. No quieren ningún arma cargada en éste hangar mientras procedan a manipular su tecnología. La demostración que deben realizar reviste cierto peligro que pretenden evitar. Sus protocolos de seguridad así lo exigen, le ruego que acceda a sus peticiones y le recuerdo que estoy al mando de la comitiva de intercambio –decía sin desdibujar la sarcástica sonrisa de su cara- · Doctor Henderson, debe disculparme, pero mis órdenes proceden directamente del director del CSN y no admiten duda alguna –decía mientras con un golpe brusco se deshizo de la mano de Henderson que continuaba sujetando su codo- Lamento contrariarle pero no puedo acceder a esa descabellada petición –contestaba con actitud desafiante- No expondré a mis hombres ni a usted, ni a los científicos que le acompañan, a ninguna situación que produzca indefensión frente a nuestros anfitriones, en tanto en cuanto permanezcamos en el interior de estas instalaciones, no se si se ha percatado de que existe una única vía de salida y que está bajo el control de ésta gente, así que nuestra situación ya es bastante precaria –informaba desviando inconscientemente la mirada hacia el elevador magnético custodiado por sus comandos-. El director fue suficientemente explícito cuando me encargó ésta misión de escolta. Mis hombres, en absoluto se desprenderán de sus cargadores. –su tono resultó claro y enérgico, como hombre acostumbrado al mando- · Coronel Mac Rae –insistía mordiendo las palabras- Resulta evidente que desconoce hasta qué punto es vital que nuestro gobierno posea ésta tecnología para proseguir manteniendo una supremacía sobre el resto de potencias, y ya sabe a quien me estoy refiriendo. Su negativa puede dar al traste con el intercambio que estamos a punto de realizar. Le ordeno que reconsidere su postura. Si por el motivo que fuere no quiere que sus hombres permanezcan en este nivel, solicitaré a nuestros anfitriones que les acompañen hasta la superficie. Tanto yo como el resto de científicos no tenemos inconveniente en prescindir de su escolta, en absoluto nos sentimos amenazados. –Comentaba Henderson invitando a Mac Rae a abandonar las instalaciones-. · Doctor, debe estar loco si cree que voy a dejarles sin protección alguna. En el momento que mis hombres abandonen este nivel y sus instalaciones, será con ustedes sanos y salvos, ni un segundo antes. –se enfrentaba enérgicamente-. · Coronel, su postura puede hacer inviable el intercambio de tecnología –se encaraba abiertamente Hans Henderson con Mac Rae, elevando considerablemente el tono de voz- Le exijo que desalojen éste lugar de forma inmediata y permitan la transacción, es una orden directa como miembro integrante del comité de sabios y por ende perteneciente al MJ-12 –Reconocía abiertamente su pertenencia- Era indiscutible el enorme nerviosismo del Doctor Hans Henderson, nerviosismo que parecía contagiarse tanto a los científicos que aguardaban pacientemente la demostración como los comandos que observaban atónitos el enfrentamiento entre su coronel y aquel científico, loco por conseguir la tecnología que le brindaban aparentemente sin contraprestación alguna. Hans dedicó unas miradas a sus anfitriones reclamando paciencia por la inoportuna negativa de Mac Rae a desprenderse de los cargadores de sus armas. Era preciso convencer a aquel estúpido militar de la importancia de la tecnología que estaban a punto de conseguir y de la magnanimidad de sus anfitriones. Su postura podría tirar al cubo de la basura innumerables y agotadoras horas de negociación con aquella gente, sabía que de no conseguirlo los anfitriones negociarían con la URSS y eso no podía permitirlo, no en aquellos momentos tan delicados cuando la tensión entre ambas potencias era patente. · Nuestros anfitriones parecen nerviosos y mis hombres están perdiendo la paciencia. Vaya y haga su trabajo cuando antes. Esta situación les intranquiliza tanto o más que a mí, y permítame que yo haga el mío no desprendiéndome de los cargadores -Respondió Mac Rae visiblemente molesto con la actitud del científico-. · ¡Coronel! –bramó- si no depositan sus cargadores en ese contenedor, no habrá intercambio ni ahora ni nunca, y nuestro país perderá por siempre la posibilidad de mantener su supremacía tecnológica, no tendremos una segunda oportunidad, puede que los siguientes en su lista sean los rusos o los alemanes. No estoy dispuesto a que niegue a mi gobierno esa pequeña delantera –Henderson tenía los ojos en sangre por la cólera que despertaba Mac Rae con su negativa. Se le estaba escapando la ocasión de conseguir la tan ansiada tecnología y de esa forma escalar hasta lo más alto en el escalafón de mando de su organización, concretamente en el seno del MJ-12- Uno de los anfitriones el que había sonreído casi de forma imperceptible al físico, se adelantó el resto de sus congéneres sobrepasando a los cuatro científicos y dirigiéndose hacia donde se encontraban Mac Rae y Henderson discutiendo. · Doctor Henderson –dijo con una voz aguda- ¿existe algún problema sobre nuestra petición? Quizás el Coronel de sus fuerzas especiales no le ha entendido. No se trata de un capricho coronel, si no de una necesidad –decía encarándose a Mac Rae- Las radiaciones electromagnéticas pueden producir que sus armas de defensa se activen involuntariamente y causen alguna desgracia entre los presentes. Por suerte nuestros protocolos de seguridad son muy estrictos y no podemos obviarlos, mi sección no ha tenido desde hace miles de rotaciones ningún accidente, no daré lugar a que se produzca uno ahora, debe entenderlo coronel, sin embargo no está obligado a ello, por el contrario de no acceder a nuestra petición daremos por terminado el intercambio y la demostración –amenazó- · Nada que no pueda solucionar en un minuto –intervino preocupado Henderson mientras se atusaba nerviosamente el pelo mirando con cara de desprecio a Mac Rae- como usted ha indicado quizás no he sabido exponerle los pormenores al coronel, de ahí su resistencia a desprenderse de los cargadores de sus armas automáticas. · Entonces entiendo que no ha aclarado suficientemente a su Coronel los pormenores de los peligros y riesgos que una de sus armas se dispare accidentalmente. Las consecuencias podrían ser devastadoras para la seguridad de los presentes y de las propias instalaciones, se lo puedo asegurar, si uno de sus proyectiles alcanzara los discos, la deflagración que provocaría sería catastrófica. · Mire usted –dijo Mac Rae dirigiéndose al interlocutor de los anfitriones- puedo entender perfectamente su preocupación, pero en absoluto depende de mi tomar ésta decisión, soy un militar y exclusivamente recibo órdenes de mis superiores y esas órdenes ya las he recibido con claridad meridiana, asi que lamentándolo mucho no ordenaré a ninguno de mis hombres que vacíen los cargadores de sus armas, y eso no es un aspecto en absoluto negociable ¿ha entendido mi postura, … señor? –desafiaba mirando directamente a los ojos del anfitrión en actitud desafiante- El anfitrión dio la espalda a Mac Rae y se dirigió hacia Henderson. · Doctor Henderson, lamento enormemente la incomprensible actitud de su Coronel máxime cuando están aquí como invitados. Su posición de militar le hace ser intransigente. En ningún caso, mientras persista la misma y no depositen los cargadores en los contenedores facilitados al efecto, procederemos a realizar ninguna demostración, eso o sus soldados deben abandonar las instalaciones de inmediato para poder proceder con la demostración. Este complejo es científico y no militar, nadie de los integrantes, ni siquiera nuestro personal de seguridad está autorizado a llevar armas, con ustedes hemos hecho una excepción y violado nuestros protocolos de seguridad en atención a lo peculiar del encuentro, sin embargo el intercambio no puede llevarse a cabo y quizás resulta incluso conveniente. La irresponsabilidad de su coronel nos hace dudar de si su nación está preparada para recibir nuestra tecnología. Estamos convencidos que otras potencias de su planeta la recibirán de buen grado y con seguridad no pondrán tantas objeciones. –concluyó alejándose- El anfitrión dio por concluida la conversación y se disponía a abandonar la reunión, cuando Henderson, en un acto desesperado por conseguir más tiempo para poder convencer a Mac Rae el cabezota militar, asió violentamente al anfitrión por el brazo estirándole hacia él con inusitada fuerza debido a lo liviano del ser, para obligarle a permanecer junto a ellos provocando que cayera al suelo accidentalmente y se golpeara fuertemente la cabeza contra el piso de acero. En ese preciso instante, un número impreciso de anfitriones hicieron acto de presencia, prácticamente se diría que acababan de materializarse delante de los boinas negras provocando que los comandos tensaran sus nervios y aferraran sus armas automáticas con fuerza y decisión. Sin saber como se produjo, el anfitrión volvió su cabeza y con sólo mirar fijamente los ojos a Henderson, provocó que éste saliera despedido un par de metros de donde se encontraba, cayendo de espaldas sobre el suelo del hangar. Los cuatro científicos que acompañaban a Henderson retrocedieron instintivamente al ver volar inexplicablemente a Henderson y sin que el visitante, todavía caído en el suelo le tocara un sólo cabello. Los militares corrieron en dirección a ellos y los protegieron con sus propios cuerpos creando un círculo a su alrededor en una maniobra precisa e impecable. Mac Rae hizo un gesto inequívoco al intentar apoderarse de su pistola, pero sin conseguirlo. El anfitrión clavó su mirada en él y Mac Rae salió despedido al igual que lo hiciera un instante antes Hans Henderson. Uno de los comandos, presa del nerviosismo al ver cómo su coronel había sido abatido con una simple mirada de aquel ser, apuntó y disparó su arma sin pensarlo dos veces, alcanzando de lleno al anfitrión, éste que se acaba de reincorporar cayó nuevamente al suelo sin vida con el pecho totalmente destrozado por los impactos del arma automática del comando. Al instante se inició el caos y los acontecimientos se precipitaron inexplicablemente a una velocidad de vértigo. Los miembros del Delta Force intentaron infructuosamente disparar sus armas contra sus adversarios pero sus esfuerzos resultaron inútiles, completamente estériles, los dedos de los comandos parecían no querer responder a las órdenes de sus cerebros, tenían las manos paralizadas, engarrotadas, sin embargo observaban atónitos como sus compañeros caían uno tras otro al suelo fulminados por algo invisible tras las miradas de aquellos seres. En menos de veinte segundos, el hangar estaba repleto de boinas negras muertos que yacían sin aparentes heridas. Sobre la superficie helada del garaje descansaban sin vida todos los comandos, no había sobrevivido ni uno ellos, por el contrario únicamente uno de los anfitriones había resultado cadáver, al igual que Mac Rae, Henderson y el resto de científicos “invitados”.
“Para dar una idea básica de quien soy, Salí de la Escuela de Ingeniería. La mitad de mi educación la pase en ese campo y me construí una reputación como Ingeniero Geológico, con aplicaciones militares y aeroespaciales. He ayudado a construir dos bases subterráneas principales en EE.UU. que tienen importancia en el contexto del llamado Nuevo Orden Mundial. La primera Base es una construida en Dulce, Nuevo México, lugar en donde estuve envuelto en 1979 en un combate. Fui uno de los supervivientes, probablemente el único al que oirán decir las cosas que sucedieron allí abajo. Otros dos supervivientes están bajo custodia. Soy el único que conoce los detalles de los archivos de la operación entera. 66 agentes del Servicio Secreto, FBI y Boinas Negras, murieron en ese EL TRIANGULO VIKINGOGRANJA DE DRANGAR SUR DE ISLANDIA AÑO 981 DC Del frondoso bosque de coníferas, cuyas ramas aparecían cubiertas por un manto de blanca nieve, apareció montado en su negra cabalgadura, un hombre enjaezado para el combate y escoltado por una racia vikinga compuesta por una docena de aguerridos guerreros sobre briosos sementales. Uno de ellos traía prendido de la punta de una lanza un llamativo estandarte, símbolo del linaje al que pertenecían. El jefe vestía con orgullo su magnífica cota de maya, fabricada con anillos metálicos finos a modo de eslabones circulares, martilleada y aplanada casi a la perfección por el mejor artesano de Eiriksstadir, sellada con remaches y provista con un excelente acolchado en la parte posterior. Un escudo redondo fabricado con tablones de madera noble, unidos por un borde metálico con forma circular y remachado, bailaba al son del galope del bravo corcel. La parte frontal del escudo iba cubierta con cuero pesado para ofrecer mayor protección, signo inequívoco de su alcurnia. Su reluciente yelmo puntiagudo fraguado en hierro, pulido una y mil veces, arrancaba destellos al sol de medianoche, le protegía los ojos y la nariz. En su cinto una daga de más de cuarenta centímetros de doble filo y una poderosa espada de ancha hoja, fraguada a la antigua, con barras de hierro calentadas en bloques de carbón vegetal que al absorberse se transformaba en noble acero. Su hoja estaba forjada y reforjada formando una mezcla arremolinada de bello diseño entrelazado, con estrecha empuñadura adornada con motivos francos. El jinete con su larga barba y pelo rojo al viento, impertérrito rostro y manos nervudas de largos dedos, espoleó los ijares de su cabalgadura seguido en abanico por su mesnada y se dirigió hacia las mismas puertas de la granja de Drangar situada en un pequeño claro, rodeada de tierras de cultivo y a escasos metros de la espesa arboleda. La racia vikinga detuvo sus cabalgaduras cuando el hombre de tupida barba roja alzó la mano ante la puerta de la alquería, mientras la racia se detenía detrás de él y adoptaba la posición de Fylking, alineación en forma de cuya. El jefe desde lo alto de su brava montura bramó con potente voz para poder ser escuchado por los habitantes de la granja. · ¡Thorgest el de Breidabolstad! ¡Sal! –exigía con recia dicción cargada de ira- He venido a por lo que es mío. El cofre que contiene las tablas de mi sitial, prestada para su custodia ahora hace dos estaciones. Uno de sus guerreros se le aproximó, tomó por el astil su enorme hacha que descansaba sobre la montura, mientras se cambió las riendas de mano y se dirigió a Erik con voz grave. Era Thorbrand, uno de sus lugartenientes, un hombretón enorme con brazos potentes, larga y negra melena que le sobresalía por su yelmo cónico de hierro y poblada barba adornada con multitud de trenzas · Ese cobarde de Thorgest lo único que entiende es el frío hielo de las valkirias, permíteme que sea yo quien recupere tus tablas y el tesoro que guarda tu cofre. · ¡No Thorbrand! –atajó cogiéndole con fuerza del brazo- viejo amigo y leal servidor. No deseo que ésta disputa se convierta en sangrienta batalla y se derrame inútilmente la sangre de ninguno de mis parientes que ahora nos acompañan. Antes que el choque de los aceros sea inevitable debemos escuchar la fuerza de sus palabras · Pero Erik, amigo –insistía- · Te conozco bien y sé que mantienes alto lo que el yelmo contiene cuando te encuentras en el fragor de la batalla. Por eso no quiero que nada suceda si no resulta ineludible –agradeció Erik- · ¡Erik! –alertaba Thorbrand- Se aproximan una mesnada a lomos de jamelgos. Veo que al frente vienen dos de los hijos de tu adversario Thorgest. –indicaba intentando dominar su montura- Sabía que era un vil cobarde. Envía a la batalla a sus hijos en lugar de venir él en persona. Espero que Hel lo acoja pronto en su morada –exclamó rabioso escupiendo al aire con desprecio- Una nueva racia vikinga, procedente de la granja y armada hasta los dientes, se detuvo fuera de la empalizada frente a Eric y su amigo Thorbrand. Dos de los jinetes avanzaron unos metros y descabalgaron. Erik y Thorbrand ejecutaron la misma acción y los cuatro hombres se hallaron cara a cara en medio de ambas racias. · No veo a Thorgest el de Breidabolstad. ¿Acaso vienes a hablar en su nombre? –preguntaba Erik a uno de los guerreros de hirsuta barba- · Mi nombre es Thorgestson – le contestó arrogantemente quién parecía era el jefe. Era con diferencia el más alto de los suyos- · Te conozco. Ve y dile a tu padre que Erik el Rojo esperará pacientemente que me entregue mi sitial frente a su granja hasta que las bestias se apacienten y se abreven. Una vez saciadas entraré a por lo que es mío si es que no me ha sido entregado antes. · Yo y mis hombres os lo impediremos –advertía con la mano sobre la empuñadura de su espada- No tienes nada que hacer aquí, Erik apodado el Rojo. Tú y los tuyos debéis abandonar las tierras de mi padre ahora, antes que el frío de la noche congele vuestras apestosas barbas. Thorbrand avanzó decididamente dos pasos con su hacha en ristre hacia el alto Thorgestson, con la intención de responder a la provocación infringida, pero Erik una vez más, le aferró fuertemente por el codo deteniendo su avance. Thorbrand escupió en el suelo junto a los pies de Thorgestson, se desafiaron con la mirada unos instantes hasta que Erik volvió a hablar. · Yo ya he hablado. Cuando las bestias se harten haré contigo y con tu padre lo que hice con Eyjolf Saur. Mis hombres montarán a todas vuestras siervas y mujeres, incendiaran vuestras cosechas y vuestra granja y degollaré a vuestros criados. Luego, después de ensartaros con mi espada cogeré el cofre con las tablas de mi sitial y me iré de aquí – se expresó amenazante con la mano sobre la empuñadura de su hoja- Ahora ve –gritó rabioso- y dile eso a tu padre. · Después que pruebes el frío de mi acero y tu cabeza adorne la entrada de la granja de mi padre –profirió a la vez que desenvainaba su arma, el enfrentamiento resultaba inevitable- Erik, su amigo Thorbrand y el resto de sus guerreros, desnudaron al unísono sus aceros y hachas. Los hombres enviados por Thorgest con sus hijos al frente hicie | |||||||||||||||||||||||||||||||||